Formación
Aprender también es una forma de crear.
Mi relación con el arte comenzó mucho antes de llegar a la universidad.
Estudié Bachillerato de Artes, una etapa fundamental para descubrir que aquello que durante mucho tiempo había sentido como una inquietud podía convertirse también en un camino profesional. Fue allí donde empecé a experimentar, a observar de otra manera y a entender que detrás de cada dibujo, cada color y cada idea podía existir una forma propia de contar y de mirar el mundo.
En esos primeros pasos hubo una persona especialmente importante para mí: Raquel. Durante mi preparación para la Selectividad me ayudó, me acompañó y, sobre todo, confió en mí. En aquel momento todavía estaba aprendiendo a confiar en mis propias posibilidades y su apoyo fue fundamental para atreverme a dar el siguiente paso.
A veces una persona no necesita hacer algo enorme para cambiar la historia de otra. A veces basta con estar ahí, tender una mano y decir «tú puedes» en el momento adecuado.
También forma parte de esta primera etapa Ignacio Magdalena, quien acompañó mi formación durante el Bachillerato y contribuyó a enriquecer aquellos primeros pasos dentro del mundo académico.
Después llegó la Universitat Politècnica de València, donde estudié el Grado en Bellas Artes.
Fue una etapa de descubrimiento, experimentación y transformación. Aprendí técnicas, materiales y lenguajes, pero también aprendí a observar, investigar, cuestionar y buscar poco a poco mi propia voz.
Durante estos años tuve la suerte de encontrar docentes que dejaron una huella importante en mi formación y a los que les agradezco profundamente haber formado parte de ese recorrido y haber contribuido, desde sus diferentes miradas y disciplinas, a ampliar mi formación y mi sensibilidad artística: Antonio Teruel, Javier Claramunt, Gema Hoyas, Sara Viler,Natividad Navalón, Teresa Cháfer y Rocío Garriga entre otros/as.
De cada uno guardo aprendizajes y recuerdos diferentes, pero hay dos personas a las que quiero mencionar especialmente: Javier Claramunt y Gema Hoyas.
Más allá de lo académico, ambos representaron para mí algo que considero especialmente valioso: la humanidad y la empatía dentro de la enseñanza.
Javier y Gema supieron mirar a la persona que había detrás de la estudiante y entender que aprender arte no consiste únicamente en adquirir conocimientos, dominar técnicas o producir obras. También implica atravesar inseguridades, descubrir quién eres, enfrentarte a tus propias dudas y encontrar poco a poco la confianza necesaria para expresarte.
Recuerdo especialmente esa capacidad de escuchar, comprender y acompañar. De hacer que el espacio académico pudiera sentirse también como un lugar humano.
Porque hay profesores que te enseñan una asignatura y hay otros que, sin darse cuenta, terminan enseñándote algo sobre ti misma.
Creo que ellos forman parte de esa segunda categoría.
Después del Grado continué mi camino con el Máster en Producción Artística, también en la Universitat Politècnica de València.
Esta etapa supuso un paso más profundo dentro de mi recorrido: pasar de aprender diferentes herramientas y lenguajes a preguntarme qué quería decir con ellos, qué historias quería contar y qué lugar quería ocupar como artista.
Durante el Máster tuve la oportunidad de seguir aprendiendo junto a Alfredo Carbonell, Carmen Marcos y David Pérez, docentes que forman parte de esta etapa y que contribuyeron a enriquecer mi proceso de investigación y producción artística.
Fue también durante este periodo cuando desarrollé Hacer con las manos, para calmar la mente, un proyecto de carácter autoetnográfico en el que exploré la relación entre creación artística, proceso creativo y bienestar.
Un proyecto que terminó convirtiéndose también en una pregunta personal:
¿Qué ocurre cuando dejamos que las manos hagan aquello que la cabeza todavía no sabe explicar?
Mi formación se ha ampliado además con formación en Arteterapia y con estudios de Monitora de Ocio y Tiempo Libre, conocimientos que han enriquecido especialmente mi manera de entender los talleres, la educación y la mediación artística.
Pero mi formación no ha ocurrido solamente en las aulas.
También he aprendido trabajando, colaborando, exponiendo, montando, dando talleres y compartiendo procesos con otras personas.
He aprendido muchísimo de mis compañeros y compañeras de facultad, con quienes compartí años de creación, proyectos, exposiciones, conversaciones, dudas, risas, frustraciones y ese maravilloso caos que aparece cuando muchas personas creativas coinciden en un mismo espacio.
Algunas de esas personas se convirtieron en compañeros de camino, colaboradores y referentes, recordándome que, aunque el proceso artístico pueda parecer muy individual, el arte también se construye en compañía.
Y, por supuesto, están los artistas que han alimentado mi mirada.
Entre mis referencias e inspiraciones se encuentran Marina Abramović, Sophie Calle, Vincent van Gogh, Eduardo Chillida y Jenny Saville.
Me interesa la capacidad de Marina Abramović para explorar el cuerpo, la presencia y la experiencia; la manera de Sophie Calle de transformar lo personal, lo cotidiano y la intimidad en relato artístico; la intensidad emocional y pictórica de Vincent van Gogh; la relación entre materia, espacio y vacío en Eduardo Chillida; y la fuerza con la que Jenny Saville aborda el cuerpo y la materia pictórica.
No busco parecerme a ellos.
Me gusta pensar que cada artista que admiro deja una pequeña pregunta en mi camino.
Y algunas preguntas se quedan.
También hay una parte de mi formación que no aparece en ningún título, pero que ha sido fundamental: mi familia y amigos/as.
Su apoyo, confianza y compañía han estado presentes durante todo este recorrido. Elegir un camino artístico puede estar lleno de dudas e incertidumbres, y tener cerca a personas que creen en ti hace que el camino sea un poquito más fácil.
Mi familia forma parte de mi formación de una manera que no puede escribirse en un certificado, pero que está presente en todo lo que hago.
Porque para mí formarse nunca ha significado solamente acumular títulos.
Ha sido hacer, equivocarme, preguntar, observar, escuchar, compartir, volver a empezar y dejarme sorprender.
He aprendido de mis profesores/as.
De mi familia.
De mis amigos/as
De mis compañeros/as.
De otros/as artistas.
De las personas que han participado en mis talleres.
De los materiales.
De las obras que no salieron como esperaba.
Y también de esas pequeñas catástrofes creativas que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en anécdotas.
Creo que la formación de un artista nunca termina.
Seguimos aprendiendo de una pincelada que sale regular, de una pieza que se rompe justo cuando parecía terminada, de una conversación inesperada o de alguien que llega a un taller diciendo «yo no sé hacer nada» y termina sonriendo frente a algo que ha creado con sus propias manos.
Y quizá ahí esté una de las cosas más bonitas de aprender:
seguir siendo curiosa.
Seguir buscando.
Seguir haciendo preguntas.
Seguir mirando.
Seguir creando.
Porque ser artista también significa conservar esa pequeña parte de una misma que todavía se emociona cuando encuentra una idea nueva y piensa:
«¿Y si probamos esto?»
Y si miro hacia atrás, creo que entiendo que no he llegado hasta aquí sola.
Mi forma de crear también está hecha de las personas que confiaron en mí, de quienes me enseñaron, de quienes caminaron a mi lado y de todos/as aquellos artistas y compañeros que me ayudaron, de una manera u otra, a aprender a mirar.